En un iPhone, RDP es más herramienta de rescate que puesto de trabajo: llegas a un servidor Windows unos minutos, compruebas un servicio, lo reinicias y vuelves a un ordenador. La pantalla es el límite, así que SSHive cuida la puntería. El modo trackpad, el predeterminado, te da un cursor que mueves con pequeños deslizamientos y que solo hace clic si tocas sin moverte: apoyar el dedo nunca hace clic por accidente; quédate quieto un momento y el siguiente movimiento arrastra una ventana. Pellizca para acercarte a un diálogo denso y arrastra con dos dedos para moverte.
Donde más ayuda es en una incidencia en el peor momento. Llega la alerta, abres el perfil RDP guardado, SSHive levanta la VPN si el servidor no está en tu red local y aparece el escritorio de Windows. Miras el Visor de eventos, reinicias un servicio, lanzas un comando de PowerShell. Si la alerta venía en realidad del proxy Linux de delante, su perfil SSH está en la misma lista.
En seguridad, la conexión usa NLA, así que Windows te autentica antes de abrir una sesión, y el certificado del servidor se fija en la primera conexión: un certificado distinto más adelante detiene la conexión en lugar de aceptarse en silencio. Las contraseñas se quedan en el llavero de iOS.
Los límites son reales. iOS suspende las apps en segundo plano, así que una sesión RDP no aguanta mucho si te vas a otra app; cuando SSHive levantó una VPN para la sesión, salir de la app termina la sesión y la VPN a la vez, para que el túnel no se quede conectado sin que lo sepas. En un iPhone el escritorio es pequeño; en un iPad, la misma sesión respira.